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Todo acabó, esto es otro arte | Alfonso de la Torre

TODO ACABÓ, ESTO ES OTRO ARTE

por Alfonso de la Torre

*Texto realizado para la exposición «Zóbel y grandes artistas de posguerra» (11-21 de marzo del 2021) en la Fundación PONS en Madrid.

Todo acabó, esto es otro arte[1].
Manolo Millares

 

Esta exposición permite contextualizar la presencia de la obra de Fernando Zóbel (Manila, 1924-Roma, 1984) vinculada a algunos artistas abstractos capitales de nuestra postguerra. Desde la mirada tutelar de Joan Miró o Pablo Picasso, la muestra refiere la posición central de aquel como centro de energía durante el desarrollo del arte de postguerra; en torno a él se hallarían buena parte de los creadores abstractos de aquel tiempo —aquella «generación irrepetible», en palabras de Zóbel—, desde los dos principales lugares de irradiación de esos años, las ciudades de Madrid con asunto simbolizado en la creación de El Paso en 1957 y el previo de Dau al Set en Barcelona.

Criterio riguroso, mirada hacia el futuro y el deseo de incardinar la creación con un arte universal, eran los objetivos trazados en el manifiesto de El Paso (1957)[2]. Ahí estaban, diría José Ayllón en la primera carta, abriendo la intensa saga textual del colectivo: «nuestros espacios abiertos, infinitos; nuestros signos; nuestros microcosmos y macrocosmos…»[3]. Esa voluntad quedaba marcada por la irrenunciable inquietud de enlazar con un tiempo nuevo, en el sentido del por venir, ansiedad casi por entrar en contacto «con las más renovadoras corrientes artísticas», que habría de confluir en una «plástica revolucionaria» que respondería «a una actividad universal». Fin de las discusiones sobre abstracción o figuración, constructivismo y expresionismo, arte individual o colectivo, el objetivo era promover «una obra auténtica y libre, abierta hacia la experimentación e investigación sin fronteras»[4]. Se abría paso la extensión de la apertura a un arte profundo, grave y significativo, en sus palabras.

Lo anterior permite comprender que El Paso funcionó simbolizando lo que era un contexto de jóvenes artistas con sentida amplitud de miras, que era enfático mas esquivaba el dogma y permitiría que en nuestro arte se extendieran muy diversas propuestas, que no eran sólo las informalistas, como puede verse por la convivencia («democrática», he escrito a veces) de muy dispares tendencias, entre ellas la existencia de una profunda corriente geométrica significada, entre otros, en los casos del Equipo 57 o Jorge Oteiza (el listado sería muy extenso). Todo ello tuvo acertado reflejo en uno de los hechos capitales de ese tiempo, la exposición «Otro arte» (1957)[5], que permitió la presencia en Barcelona y Madrid de artistas que representaban la abstracción internacional, hasta la fecha apenas conocidos, coincidiendo con un momento de otras exposiciones internacionales en torno al expresionismo abstracto o el informalismo[6]. También era un tiempo de sintonía donde nuestros artistas se desplazaban entre Barcelona y Madrid, atentos a los sucesos en estas ciudades, también muchos de ellos viajeros al París abstracto que los recibía en su Ciudad Universitaria, lo que les permitiría entrar en contacto con las principales corrientes y artistas internacionales, algo que queda revelado en algunos elementos de la abstraction lyrique, aquí llegados, por ejemplo, de la mano de Gerardo Rueda.

No era, pues, exactamente, un mundo cerrado, sino que, más bien, esos años de sombra quedaban iluminados por los destellos de la actividad incesante de los artistas, en muchos casos además provistos de abundante información del exterior, principalmente a través de la llegada de las más relevantes revistas y catálogos editados en ese tiempo. Prácticamente todos los artistas expuestos hicieron de la errancia internacional uno de sus lemas y, así, citar a Fernando Zóbel es mencionar su ascendencia académica norteamericana, el extenso bagaje desde Oriente y sus viajes en Europa, trasvasados con extraordinaria generosidad a su llegada a nuestro país a finales de los cincuenta; Zóbel devino así un verdadero centro de energía, de tal forma que está bien que esta exposición lo refleje.

Tras diversas tentativas figurativas, Zóbel pronto devino abstracto, este artista que conoció a Jackson Pollock y a cuya exposición de Bertha Schaefer en Nueva York, en 1965, devolvió visita Mark Rothko, ah, su admirado pintor por el que comenzó casi todo en su pintura[7]. De tal forma que, rozando los sesenta, Emmanuel Torres calificaría la obra zobeliana de «nuevas abstracciones» adscritas al lema «caligrafía, espacio, blanco y negro». Significado el quehacer del artista por un cierto barroquismo informal portador de cuidada composición, devenía Zóbel capaz también de viajar hacia la consunción, pues sus formas, instaladas en el espacio, semejaban vincularse al concepto de tiempo, pareciendo en ocasiones ser capaces de abandonar su lugar en el lienzo para aspirar verdaderamente el espacio en derredor, signos, formas como caligrafías que evocaban el mundo oriental, dinamismo de elementos herederos del dibujo, movimiento de formas como volutas, vuelos, ondas, círculos o bien rasgos pareciere dejados en permanente vibrato al caer en la tela, u otrora constelados en el blanco, rechazando la apariencia de sus imágenes cualquier referencia figurativa.

Ejerciente de una vida intensa entre pintura o dibujos, grabados, fotografías, artistas tanto de su tiempo como de otrora, museos y exposiciones, obras de arte, amistades, conferencias, viajes, lecturas o colecciones. Viendo, mas no sólo siendo testigo, pues ejerció también de intérprete del mundo, el del pasado y el palpitante en derredor. Un existir intenso, un pleno vivir de pintor, mas también la escritura diarista y crítica, inmerso en una infinita curiosidad que abarcaba ámbitos diversos, entre ellos la arqueología o el conocimiento musical y su práctica. Este pintor desveló artistas, nuevas interpretaciones de los consagrados y miradas sobre rarísimos, movimientos, escrituras o museos y, más importante, obras de arte concretas —las consideradas mayores, pero también otras desvanecidas en la historia— que, tentadas por su saber, quedaban transformadas en acontecimientos.  Ayudó a que, desde aquel mundo de cardo y ceniza que habitara, dixit Antonio Saura[8], era posible la reparación. Y, entre los ejemplos de libertad que veían muchos artistas de este tiempo en torno, estaban las figuras de Picasso y Miró.

Otro tanto se podría decir de buena parte de los creadores de ese tiempo, es difícil encontrar quien no hubiese viajado en esos años a París, Londres o Venecia, algunos a Nueva York. Ciertos de ellos representados entonces por galerías internacionales, con temprano arraigo en el coleccionismo extranjero y presentes en exposiciones allende, entre otras en las numerosas colectivas promovidas por el régimen (Alejandría, Venecia, São Paulo, Pittsburgh, Tokio o Sudamérica, entre otras que recuerdo ahora). Y, en algunos casos, José Guerrero sería paradigmático (como Esteban Vicente), en contacto con el expresionismo abstracto norteamericano, casi revelado en esa hermosa Composición de 1959. Zóbel dejó escrito que estaba percibiendo que nuestros mejores ejemplos artísticos quedaban ya en los sesenta en colecciones extranjeras, lo cual le llevaría al coleccionismo de los artistas de El Paso, aquí representados por Feito, Francés, Millares, Saura o Serrano. Junto a los surgidos en el ámbito catalán, principalmente en el contexto de Dau al Set, que se ejemplifican ahora en la presencia de Tàpies. Junto a la consideración que Zóbel siempre tuvo a la escultura de su tiempo, simbolizada aquí en esa hermosa Casa del poeta IV (1983) de Chillida. Fin de los años de sombra, nuestros artistas se situaban en el contexto del mundo durante ese tiempo, quizás algunos devenidos en aquello que dijera Françoise Choay, outsiders en el laberinto del mundo.

En fin, mediados los sesenta llegaría la extensión del mundo galerístico en nuestro país, también la apertura del Museo de Arte Abstracto en Cuenca (1966), con la colección de Zóbel, un insólito lugar hecho por artistas, con una colonia de creadores, verdadero ejemplo que se incardinaba con otras experiencias internacionales, como aquellas que surgieron en Norteamérica, pienso en el neoyorquino Greenwich Village o en Yaddo, en Saratoga Springs.  A pesar de todo, el mundo marchaba hacia adelante, era el vaticinio de Millares[9].
 


 
[1] MILLARES, Manolo. OTRO ARTE O EL TIEMPO PERDIDO (Comedia de un solo acto para no ser representada). El Paso, carta nº 2, Madrid, abril de 1957.

[2] «Con este fin, hemos reunido cuanto en la actualidad creemos válido, con un criterio riguroso, mirando hacia un futuro arte más español y universal». Manifiesto de El Paso, Madrid, 15 de abril de 1957.

[3] AYLLÓN, José. EL PASO 1. Madrid, marzo de 1957.

[4] EL PASO. EL PASO 3.  Madrid, verano 1957.

[5] Sala Gaspar (Galerie Stadler-Galerie Rive Droite, París y patrocinada por Club 49), «Otro arte», Barcelona, 16 febrero- 8 marzo 1957. Itinerante a la Sala Negra, Madrid, 24 abril-15 mayo 1957. Constaba en el catálogo. De la Galerie Stadler: Appel, Bryen, Burri, Falkenstein, Francker, Guiette, Hosiasson, Imai, Jenkins, Mathieu, Riopelle, Saura, Salles, Serpan, Tàpies; de la Galerie Rive Droite: Fautrier, Wessel; de Colecciones particulares: Domoto, de Kooning, Pollock, Tobey, Wols; de la Sala Gaspar: Lazlo Fugedy, Tharrats, Vila-Casas. En la versión de Madrid se incorporaban: Canogar, Feito y Millares.

[6] Principalmente me estoy refiriendo a: Museo Nacional de Arte Contemporáneo, The New American Painting-La Nueva Pintura Americana, Madrid, julio 1958.

[7] Rothko visitó la exposición individual de Zóbel en la Bertha Schaefer Gallery, Nueva York, el 7 de abril de 1965, dedicando largo rato a la visita y elogios a la misma.

[8] SAURA, Antonio. Viola y Oniro.  Madrid: Cuadernos Guadalimar, nº 31, 1987, p. 6.  Serie de textos escritos en 1936, enviados a Antoni García Lamolla.

[9] «Para llevar adelante con todos los honores y toda su integridad al museo que todos soñamos y deseamos. Un Museo de Arte Contemporáneo que refleje verdaderamente nuestra época (…) porque el mundo, mi querido amigo, marcha siempre hacia delante». Carta de Manolo Millares, Las Palmas, 2/I/1955 a José Luis Fernández del Amo.

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