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Chus Martínez sobre Mari Chordà

La pintura es movimiento. Utiliza la mente como si fuese tecnología y el ojo como la interfaz dinámica que dota a cada imagen de ritmo, de dinámica. Por eso no debe extrañarnos que una artista como Mari Chordà utilizase este medio para adentrarse en las cuestiones de género, en la percepción de determinados órganos, en el universo sensorial que comienza en el entendimiento de uno mismo, y que se adentra en el Oceáno de las interpretaciones culturales, las determinaciones sociales, las limitaciones legales que definen quienes somos, como debemos comportarnos, nuestro deseo, nuestra perpetuación como especie… La obra de Mari Chordà explora la relación entre forma y color, la potencialidad de elementos simples para crear imágenes poderosas, eróticas, sexuales, incluso, en la mente de quien las observa. La pintura, en ese momento, se siente como la mujer misma. Vista desde sí misma todo parece natural, simple. Fuera, por el contrario, se libra una batalla. Dominar el territorio ajeno– sea la tierra o sea el cuerpo– es la función principal del patriarcado.

El lenguaje visual de Mari Chordà parece fluir orgánicamente del lienzo. Sus formas brotan. Si uno mira detenidamente sus formas, el mundo se abre ante nuestros ojos. Una apertura genital, cósmica, Pop, pero también clásica, entretenida en nuestra afición a interpretar y proyectar, a ver adentros y afueras en la relación entre línea y superficie. Por esa misma razón su obra, poco conocida para la mayoría, puede verse reducida a verse como un modelo de trabajo particular, que tiende a ser leída de una manera particular. Precisamente por su afinidad intelectual y sentimental con la igualdad de género, con las preguntas del movimiento feminista, es aún más importante declinar de mil modos distintos la interpretación de la obra. Una obra que se relaciona con la recepción del arte Pop, pero también con un contexto mucho más amplio y que el mundo de hoy parece estar descubriendo y al que pertenecen muchas mujeres artistas: Hilma Af Klimt, Emma Kunz, Georgia O’Keefe por citar algunas muy cercanas. En las relaciones personales, y las complejas cuestiones de genero e identidad pertenecen a este universo, nos empujan a movemos dentro y fuera del habla y de la representación. Las narrativas visuales y no visuales se encuentran bajo tales presiones emocionales, que hace imposible cualquier índice comprehensivo o clasificación aceptada. Se supone que la pintura abstracta es a un tiempo universal y privada, colectiva e individual. Mari Chordà echa mano del almacén preexistente y disponible de formas y estructuras. Elabora con ellos un idioma en relación proporcional con nuestras capacidades mentales, perceptivas, desarrolla un “idiolecto” más o menos eficiente, es decir, un código de medios sintácticos y léxicos abiertos para su interpretación. Al mirarlo debemos recordar: todo lenguaje es por sí y para sí políglota. Contiene mundos.

Su interés por la forma no es más que la expresión de su pasión por la vida.

Chus Martínez

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